Yo era una persona decente, educada y digna. Pero creo que al mal esto no le interesa. Esa siniestra tarde de otoño, finalmente, sucumbí a sus órdenes.
Disputaba por aquellos días del año 1951 el Campeonato Mundial de Ajedrez Postal. En aquel torneo la norma de control de tiempo era un lapso de respuesta de cinco días por movimiento de cada jugador a contar desde la recepción de la carta con el movimiento del rival. Los jugadores teníamos que recibir o enviar la carta con la jugada inexcusablemente en ese plazo de cinco días para no perder la partida. El rival que me tocó en suerte en esa ronda era el fuerte Maestro soviético Vyacheslav Ragozin. Después de siete meses de partida nos encontrábamos en el movimiento número 30. Mis piezas blancas se encontraban más armonizadas sobre el tablero que las de mi contrincante. Tenía fundadas esperanzas de derrotar al Maestro soviético.
Era jueves cuando recibí la carta con su movimiento número 31. Tomé el sobre pausadamente y con el abrecartas rajé la solapa. Me guardé el abrecartas en la chaqueta y extraje el papel que certificaba el movimiento de mi rival. Ragozin jugó 31. … Rcd2. Fui al tablero a reproducir el movimiento y mi corazón dio un vuelco. De forma instantánea vi que mi rival había cometido un error. Rápidamente cogí la cuartilla oficial y escribí mi jugada de respuesta 32.Ab4 que sin duda me daría la victoria. Ensobré la hoja según dictaba el reglamento del torneo para remitirla a mi contrincante. La excitación hizo que me montara en el coche para dirigirme al buzón más próximo para depositar la carta con mi jugada.
Una vez en el buzón, introduje el sobre por la abertura pero…
... justo después de que la carta desapareciera de mi vista por la ranura, de pronto, mi mente empezó a vacilar. Fue la misma sensación que nos asalta cuando oímos un "click" al cerrar la puerta y en una milésima de segundo nos damos cuenta que nos hemos dejado las llaves dentro de casa. De golpe me vino a la cabeza la posición que tenía memorizada después de tantos meses de análisis. Me senté en el coche para volver a casa. Pero unas voces extrañas en mi cabeza me dijeron que repasara mentalmente esa posición, que algo no encajaba. Y en efecto, me di cuenta que la jugada remitida en la carta me llevaba, en contra de lo que yo pensaba en principio, a la derrota irreversible. Visualicé la secuencia ganadora que seguiría mi rival: 32...Rxh2+ 33.Kg1 Rdg2++ ¡Estaba perdido! La jugada correcta era ¡32. Rxb7 y no la que había enviado en la carta!
¿Cómo pudo ser? ¿Cómo pude haber respondido tan rápidamente sin pensar? ¡Era evidente que el Alfil en b4 propiciaba la presión de la Torre negra sobre mi Rey! ¡La jugada correcta era 32. Rxb7! me repetía constantemente en mi interior.
Desesperado corrí hacia el buzón donde había depositado la carta. Una vez allí, intenté frenéticamente abrirlo, pero las medidas de seguridad del servicio postal me vencieron. Decidí aparcar mi coche en la acera de enfrente y pasé toda la noche custodiando el buzón. Durante el duermevela recostado en mi asiento las voces me seguían atormentando:
32. Rxb7 ; 32. Rxb7 ; 32. Rxb7...
A la mañana siguiente el ruido del camión del correo me sobresaltó al estacionar para recoger la correspondencia. Descendió un funcionario del servicio postal al que corrí a explicar mi dramática situación.
Las voces me acuciaban: 32. Rxb7 ; 32. Rxb7 ; 32. Rxb7...
Según le relataba los pormenores de mi angustia, el cartero me miraba extrañado sin comprender nada y eso hizo que yo me derrumbara aún más. Al preguntarme el por qué de mis lágrimas yo no pude apenas ni articular palabra.
Y en ese momento noté una leve sonrisa de desdén en sus labios. Le pedí, le supliqué que me devolviera la carta que estaba en la saca que acababa de recoger. Al fin y al cabo, le razoné, era mía.
—Esta carta ya no le pertenece a usted sino al servicio postal y en segundo término al remitente al que iba dirigida— Respondió de forma altiva.
Y las voces me seguían golpeando: 32. Rxb7 ; 32. Rxb7 ; 32. Rxb7...
Me sentía derrotado, pero, según metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta, noté algo en su interior. Y vino la luz. Sólo había una forma de conseguir la carta. No vacilé. Lo hice. ¡Le clavé el abrecartas! ¡Una! ¡Dos! ¡Tres! Lo hundí en su pecho varias veces, clavé la hoja con saña, con desesperación. Intentó soltarse pero le fue imposible. Intentaba escapar del horror pero nada pudo hacer salvo agitarse convulsivamente. Le había aniquilado por completo. Lo hice. Sí.
Tiré el abrecartas al suelo, junto a mis pies. Estaba manchado de sangre. Como mis manos. Miré el cuerpo que yacía a pocos metros de mí. Cerré los ojos al sobrecogerme ante la expresión de terror del cadáver.
Me hinqué de rodillas y llevando las manos a mi cara, quise encubrir mi profundo remordimiento. ¡Lo había matado! No fui yo. Las voces me obligaron a ello. Esa es la verdad. La terrible verdad.
Pero cuando dejó de moverse, cuando encontró la muerte... las voces desaparecieron por completo. Miré la saca. Cogí mi carta y la tranquilidad y la calma se adueñaron de mí...
Ya tenía la posibilidad de jugar: 32. Rxb7
Juan Carlos Marina Bilbao
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Nota: El error relatado se cometió en la partida nº 32 del match por el título mundial del año 1892 en La Habana entre Mijaíl Chigorin y Wilhelm Steinitz gracias al cual se proclamó campeón Steinitz. Después de casi 130 años se le cataloga como el error más dramático de la historia de los mundiales de ajedrez.
