Sin rivales


     José se volcaba abstraído frente al tablero de ajedrez. De joven había conseguido una alta valoración ajedrecística mundial. Pero ahora, a sus setenta y muchos años, hacía tiempo que no se prodigaba en las bellísimas partidas en las que se había enfrentado contra Alberto y Julián. Los tres eran ya veteranos jugadores y se encontraban ahora vegetando en el club de ajedrez en el que iniciaron su andadura, hace tantísimos años, por el mundo de los escaques, trebejos y enroques. Alberto, a sus ochenta años, había perdido la audición casi por completo y los problemas de corazón le limitaban de una forma casi total la práctica del ajedrez en la que, como todo jugador sabe, los biorritmos cardíacos se alteran de forma incontrolada ante la más mínima incidencia del juego. Por su parte, Julián, aunque algo menor que Alberto, dejó la práctica del ajedrez por la pérdida de visión debido a una enfermedad de retina. En esta situación, José tenía a sus antiguos y más aguerridos contrincantes totalmente incapacitados para volver revivir los años brillantes que habían ofrecido en la práctica magistral de ajedrez.

Pero el mal de José era diferente.


Continuaba mirando fijamente el tablero hora tras hora, día tras día…

Y pensaba (y no entendía) qué eran y para qué servían aquellas figuras blancas y negras de formas demoníacas...


_____________________

Alzheimer.

"La muerte no llega con la vejez, llega con el olvido"