Ella lo abordó por sorpresa en la calle y, con un cigarrillo
en la mano, le pidió fuego. Al momento se quedó rendido de sus ojos rubios, de su
sonrisa, de su voz dulce y melodiosa. Pero él no fumaba y no llevaba fuego. Al día
siguiente compró tabaco y, durante cinco años, recorrió día a día la misma plaza en que se la encontró fumando compulsivamente y siempre con
un mechero en el bolsillo. Daba vueltas en un sentido y en el inverso de la glorieta, observando
a todas las personas que se cruzaban con él para tratar de descubrirla.
Pero no se la volvió a encontrar.
Ahora, tumbado en la camilla del Servicio de Oncología del
Hospital esperaba la primera sesión de quimioterapia para tratar su cáncer de
pulmón.
Y, de golpe, vio entrar a la enfermera con unos enormes ojos
rubios y con voz cálida y dulce le preguntó: ¿Cómo se encuentra hoy?
