Buzón




  Yo era una persona decente, educada y digna. Pero creo que al mal esto no le interesa. Esa siniestra tarde de otoño, finalmente, sucumbí a sus órdenes.

  Disputaba por aquellos días del año 1951 el Campeonato Mundial de Ajedrez Postal. En aquel torneo la norma de control de tiempo era un lapso de respuesta de cinco días por movimiento de cada jugador a contar desde la recepción de la carta con el movimiento del rival. Los jugadores teníamos que recibir o enviar la carta con la jugada inexcusablemente en ese plazo de cinco días para no perder la partida. El rival que me tocó en suerte en esa ronda era el fuerte Maestro soviético Vyacheslav Ragozin. Después de siete meses de partida nos encontrábamos en el movimiento número 30. Mis piezas blancas se encontraban más armonizadas sobre el tablero que las de mi contrincante. Tenía fundadas esperanzas de derrotar al Maestro soviético.

  Era jueves cuando recibí la carta con su movimiento número 31. Tomé el sobre pausadamente y con el abrecartas rajé la solapa. Me guardé el abrecartas en la chaqueta y extraje el papel que certificaba el movimiento de mi rival. Ragozin jugó 31. … Rcd2. Fui al tablero a reproducir el movimiento y mi corazón dio un vuelco. De forma instantánea vi que mi rival había cometido un error. Rápidamente cogí la cuartilla oficial y escribí mi jugada de respuesta 32.Ab4 que sin duda me daría la victoria. Ensobré la hoja según dictaba el reglamento del torneo para remitirla a mi contrincante. La excitación hizo que me montara en el coche para dirigirme al buzón más próximo para depositar la carta con mi jugada. 

  Una vez en el buzón, introduje el sobre por la abertura pero… 

  ... justo después de que la carta desapareciera de mi vista por la ranura, de pronto, mi mente empezó a vacilar. Fue la misma sensación que nos asalta cuando oímos un "click" al cerrar la puerta y en una milésima de segundo nos damos cuenta que nos hemos dejado las llaves dentro de casa. De golpe me vino a la cabeza la posición que tenía memorizada después de tantos meses de análisis. Me senté en el coche para volver a casa. Pero unas voces extrañas en mi cabeza me dijeron que repasara mentalmente esa posición, que algo no encajaba. Y en efecto, me di cuenta que la jugada remitida en la carta me llevaba, en contra de lo que yo pensaba en principio, a la derrota irreversible. Visualicé la secuencia ganadora que seguiría mi rival: 32...Rxh2+ 33.Kg1 Rdg2++ ¡Estaba perdido! La jugada correcta era ¡32. Rxb7 y no la que había enviado en la carta! 

  ¿Cómo pudo ser? ¿Cómo pude haber respondido tan rápidamente sin pensar? ¡Era evidente que el Alfil en b4 propiciaba la presión de la Torre negra sobre mi Rey! ¡La jugada correcta era 32. Rxb7! me repetía constantemente en mi interior.

  Desesperado corrí hacia el buzón donde había depositado la carta. Una vez allí, intenté frenéticamente abrirlo, pero las medidas de seguridad del servicio postal me vencieron. Decidí aparcar mi coche en la acera de enfrente y pasé toda la noche custodiando el buzón. Durante el duermevela recostado en mi asiento las voces me seguían atormentando: 

32. Rxb7 ; 32. Rxb7 ; 32. Rxb7... 

  A la mañana siguiente el ruido del camión del correo me sobresaltó al estacionar para recoger la correspondencia. Descendió un funcionario del servicio postal al que corrí a explicar mi dramática situación. 

  Las voces me acuciaban: 32. Rxb7 ; 32. Rxb7 ; 32. Rxb7... 

 Según le relataba los pormenores de mi angustia, el cartero me miraba extrañado sin comprender nada y eso hizo que yo me derrumbara aún más. Al preguntarme el  por qué de mis lágrimas yo no pude apenas ni articular palabra. 

  Y en ese momento noté una leve sonrisa de desdén en sus labios. Le pedí, le supliqué que me devolviera la carta que estaba en la saca que acababa de recoger. Al fin y al cabo, le razoné, era mía. 

  —Esta carta ya no le pertenece a usted sino al servicio postal y en segundo término al remitente al que iba dirigida— Respondió de forma altiva. 

  Y las voces me seguían golpeando: 32. Rxb7 ; 32. Rxb7 ; 32. Rxb7... 

  Me sentía derrotado, pero, según metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta, noté algo en su interior. Y vino la luz. Sólo había una forma de conseguir la carta. No vacilé. Lo hice. ¡Le clavé el abrecartas! ¡Una! ¡Dos! ¡Tres! Lo hundí en su pecho varias veces, clavé la hoja con saña, con desesperación. Intentó soltarse pero le fue imposible. Intentaba escapar del horror pero nada pudo hacer salvo agitarse convulsivamente. Le había aniquilado por completo. Lo hice. Sí. 

  Tiré el abrecartas al suelo, junto a mis pies. Estaba manchado de sangre. Como mis manos. Miré el cuerpo que yacía a pocos metros de mí. Cerré los ojos al sobrecogerme ante la expresión de terror del cadáver. 

  Me hinqué de rodillas y llevando las manos a mi cara, quise encubrir mi profundo remordimiento. ¡Lo había matado! No fui yo. Las voces me obligaron a ello. Esa es la verdad. La terrible verdad. 

 Pero cuando dejó de moverse, cuando encontró la muerte... las voces desaparecieron por completo. Miré la saca. Cogí mi carta y la tranquilidad y la calma se adueñaron de mí... 

  Ya tenía la posibilidad de jugar: 32. Rxb7 



Juan Carlos Marina Bilbao 
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Nota: El error relatado se cometió en la partida nº 32 del match por el título mundial del año 1892 en La Habana entre Mijaíl Chigorin y Wilhelm Steinitz gracias al cual se proclamó campeón Steinitz. Después de casi 130 años se le cataloga como el error más dramático de la historia de los mundiales de ajedrez.


Adiós



  Era una auténtica profesional. Cumplió el servicio que se le había solicitado a completa satisfacción. Incluso parecía que disfrutaba al hacerlo aunque, supongo, fingía. Pero luego, allí me dejó. Desnudo. Sin dinero. Solo. Sin explicaciones y sin un adiós. Desde entonces odio a las cigüeñas.

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Juan Carlos Marina Bilbao - 2020

Llama



  Ella lo abordó por sorpresa en la calle y, con un cigarrillo en la mano, le pidió fuego. Al momento se quedó rendido de sus ojos rubios, de su sonrisa, de su voz dulce y melodiosa. Pero él no fumaba y no llevaba fuego. Al día siguiente compró tabaco y, durante cinco años, recorrió día a día la misma plaza en que se la encontró fumando compulsivamente y siempre con un mechero en el bolsillo. Daba vueltas en un sentido y en el inverso de la glorieta, observando a todas las personas que se cruzaban con él para tratar de descubrirla.

  Pero no se la volvió a encontrar.

 Ahora, tumbado en la camilla del Servicio de Oncología del Hospital esperaba la primera sesión de quimioterapia para tratar su cáncer de pulmón.

   Y, de golpe, vio entrar a la enfermera con unos enormes ojos rubios y con voz cálida y dulce le preguntó: ¿Cómo se encuentra hoy?

Sin rivales


     José se volcaba abstraído frente al tablero de ajedrez. De joven había conseguido una alta valoración ajedrecística mundial. Pero ahora, a sus setenta y muchos años, hacía tiempo que no se prodigaba en las bellísimas partidas en las que se había enfrentado contra Alberto y Julián. Los tres eran ya veteranos jugadores y se encontraban ahora vegetando en el club de ajedrez en el que iniciaron su andadura, hace tantísimos años, por el mundo de los escaques, trebejos y enroques. Alberto, a sus ochenta años, había perdido la audición casi por completo y los problemas de corazón le limitaban de una forma casi total la práctica del ajedrez en la que, como todo jugador sabe, los biorritmos cardíacos se alteran de forma incontrolada ante la más mínima incidencia del juego. Por su parte, Julián, aunque algo menor que Alberto, dejó la práctica del ajedrez por la pérdida de visión debido a una enfermedad de retina. En esta situación, José tenía a sus antiguos y más aguerridos contrincantes totalmente incapacitados para volver revivir los años brillantes que habían ofrecido en la práctica magistral de ajedrez.

Pero el mal de José era diferente.


Continuaba mirando fijamente el tablero hora tras hora, día tras día…

Y pensaba (y no entendía) qué eran y para qué servían aquellas figuras blancas y negras de formas demoníacas...


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Alzheimer.

"La muerte no llega con la vejez, llega con el olvido"

Peón Doblado









Peón doblado


Cuento basado en la partida celebrada el 11/10/2019
Blancas:  Prakash Jadhav (India)          1            
Negras:  Juan Carlos Marina (España)  0  








   Abrió el armario donde guardaba las piezas y el tablero de ajedrez. Tranquilamente los colocó en la mesa disponiendo los dos ejércitos como las normas ajedrecísticas dictaban. En el mismo armario guardaba también una pequeña pistola siempre cargada que le ayudaba a tranquilizar sus obsesiones nocturnas que le habían martirizado ya desde niño.

   Estaba solo en casa, pero sentía la necesidad de retomar el juego al que no hace tanto tiempo dedicó parte de su vida. Jugaría solo. Pero no adivinó que la locura entraría a formar parte de esa partida.

   La enfermedad lo había encarcelado en su casa durante largo tiempo y no tenía prácticamente adversarios con los que competir. Lo cierto es que antes de caer enfermo no tenía tampoco excesivas relaciones como para establecer contrincantes. En el propio Club del que era socio no querían saber demasiado de él. Se sentía cada vez más fugitivo de la gente. Y no tanto por retraimiento como por prudencia. Su introspección la generaba el deseo de no interponerse en vidas ajenas. Su compromiso social era minúsculo. Él deseaba una sociedad de dos. Y eso se lo daba un mundo tan circunspecto como el del ajedrez. Dos compañeros frente al tablero apenas se dan compañía. Ambos se encuentran sometidos en una cárcel embrujada —que eso, y no otra cosa, es el tablero— transmutándose en Reyes, Damas, Torres, Alfiles, Caballos y Peones de madera. No precisan hablar, ni mirarse. En Ajedrez el antagonista no tiene cara.

  Y ahí se encontraba, preparado con el ajedrez sobre la mesa para probar si jugar contra él mismo podía ofrecer las mismas sensaciones y emociones que contra un rival humano.

   Según se sentó lamentó que la otra silla no estuviera ocupada. Pensaba, como es lógico, que la victoria estaba asegurada sin un rival que le hiciera frente.

  Lo habitual es que los jugadores sorteen los colores para decidir a quién le corresponde salir con blancas y obtener esa ventaja de salida. Pero al estar sin pareja se dio la libertad de elegir color. Era un secreto suyo celosamente guardado que, al contrario de lo que dictaba la lógica, él prefería jugar con negras. Seguro que esa extravagancia se gestaba en la influencia de su propio apellido, Negro. Antonio Negro.

   Le gustaba sentir que la ventaja inicial de las blancas se convertía en un reto para él si se disponía a dirigir las negras. Pero aunque su intención no era beneficiarse de su “no-rival” se permitió darle un mate absurdo en dos jugadas:

1. f4, e6; 2. g4, Dh4 #.
Vale, pensó. Se acababa de regalar una victoria grotesca. Voy a jugar ahora con seriedad. Colocó las piezas en el tablero. Pero volvió a ocurrir. En la décima jugada las negras, “sus” negras, volvieron a ganar.
—Ganar así no tiene valor —se dijo—. En cada jugada que hago sé cuál es mi plan, sé cuál es el plan del otro, y sé que el otro sabe mi plan. Como una charla entre un ventrílocuo y su muñeco. El mérito sería que alguien fuera independiente a mí en el movimiento de las blancas.
Y se puso a ello. Colocó las piezas listas para una nueva batalla e hizo mover a su hipotético rival blanco el habitual 1. e4, Respondió Negro con el no menos habitual 1. …e5. Acto seguido paseó la mirada por la sala, como si estuviese aburrido de tanto esperar la maniobra del rival. Giró el tablero y le dio media vuelta. El altruista gesto de Negro no sirvió de nada. A pesar de su buena voluntad, volvieron a perder las blancas.
—¡Sé dónde está el problema! —se dijo—. Una mente puede reproducir otra mente, pero el espacio físico es poco imaginativo y no puede inventar otro espacio por sí solo. Pegado en mi silla, mis sensaciones no me dejan olvidar que yo, la única persona en la habitación, sigo siempre en el mismo trono y favorezco a las negras, de las que soy amo y señor. Si cambio de silla en cada movimiento podré imaginarme que soy otro y que ese otro debe salvar y luchar por las blancas.
Se puso de pie, corrió al otro lado de la mesa, se sentó allí y atacó con las blancas. Después se levantó, regresó a su sitio y contraatacó con negras para luego volver a visitar a las blancas y así, en ese vaivén, movía ya un trebejo negro con la mano derecha, ya un trebejo blanco con la mano izquierda. Y para marcar aún más la diferencia, al mover las blancas obligó a la mano izquierda a realizar un manierismo postizo, con la pinza de los dedos atornillaba ficticiamente la pieza en la casilla. Esta acción de atornillar con negras y la mano derecha no lo había hecho jamás. Mano izquierda, mano derecha, capitaneaban bandos contrarios. Las dos manos eran como esos dos adversarios que van a un baile de máscaras, el uno disfrazado del otro, uno en dos, dos en uno. Se sentaba, se levantaba. Iba, venía.
Pero seguía sin ser la solución. La permuta física ayudaba, pero poco. Las posiciones variables al realizar los movimientos no llegaron a enajenar a Negro. Péndulo humano, se lanzaba de un lado a otro recordando sus venidas y anticipándose a sus idas. Pero en su vaivén arrastraba el conocimiento previo de las variantes famosas en la historia del Ajedrez mundial; de cada ataque, de cada defensa. El otro jugador no existía. Por tanto la lógica dictaba que el final fuera propicio a las negras. Y así seguiría siendo mientras Negro, mentalmente, fundiese sus propios pensamientos a “no-Negro”, quien forzosamente respondía con el movimiento que le indicaban.
Y Negro asumió que lo que precisaba es que su persona no se duplicara en otra sino que se dividiera en dos distintas. Tenía que partir en dos con un golpe brutal a la serpiente Anfisbena, con una cabeza en cada lado,  para transformarla en dos serpientes que se atacasen mutuamente.
—Debo conseguir eclipsar —se dijo— el lado blanco de mi mente. El Ajedrez es un duelo a muerte entre dos inteligencias. Me tengo que dividir de forma que, cuando jueguen las blancas, el lado negro de mi conciencia quede anulado, borrado.
No era suficiente una sola inteligencia. Necesitaba dos. Tendría que apostar el todo por el todo. Y con entusiasmo arrojó al abismo del subconsciente la única inteligencia que tenía en la confianza de que lo inconsciente se la devolvería multiplicada.
Para ello, Negro buceó en los recuerdos de sus propias pesadillas y alucinaciones ancestrales. Se licuó en la memoria atávica de su existencia y allí encontró mitos de seres desdoblados y dioses bicéfalos. Meditó y se taladró con esa piqueta esquizofrénica con la que todos los hombres cargamos. Y miró alrededor de la habitación. Se levantó y observó los cuadros de las paredes, el techo con la lámpara, las cortinas, las ventanas. Vio todo. Todo menos su cuerpo. Era invisible para sí mismo. Y de esa sensación de otredad sintió el deseo de emerger, como si fuera otro, a ese jugador imaginario que reclamaba su derecho a existir.
Pero todavía era una masa oscura que, sumergida, luchaba en la mente  de Negro batallando contra tentáculos de pulpo que lo retenían en la profundidad de sueños irracionales.
El espectro era parecido a él, una cara afilada, abstraída, ojos inmóviles, pálidos por el encierro y el insomnio. Pero todavía era un ser abstracto, débil como las telarañas, liviano como el incienso. Por un momento Negro pensó que quizás sería mejor destruir al fantasma. Pero se contuvo. No, no. Todo héroe debe ser enaltecido por un antihéroe digno, al igual que en los poemas épicos. Negro gestaría a un poderoso “anti-Negro”. Decidió materializar a su competidor con características definidas para no poder ser retocado. Y tenía que aceptarlo tal y como se había gestado.
El espectro ya era un hombre, y había que bautizarlo. Y a Negro no le cupo duda del bautizo más adecuado, lo llamó Blanc.
La conformación definitiva del “Otro”, de Blanc, tendría lugar en los escaques blancos y negros de la nueva partida que estaba a punto de comenzar.
Ahora que se le había aparecido Blanc, Negro tenía que resolver el problema moral con una solución dual. En el universo hay dos principios que contienden entre sí. Uno benéfico, otro maléfico. ¿Cuál era él? El hombre no puede por menos que aliarse, a veces con la luz, a veces con las tinieblas. Negro y Blanc decidirían su suerte con los poderes antagónicos de ángeles y demonios. Un Peón podía coronarse Rey, un Rey podía destruir a otro o delegar su responsabilidad en la Dama. Así, a las estrategias de los hombres, se sumaban las estrategias divinas. Negro y Blanc combatirían en un universo ajedrezado al igual que  combatían Dios y el Diablo, Vohu Manah y Aka Manah, Varuna y Mitra, Isis y Osiris, Ahura Mazdah y Ahra Manyu, Neikos y Philia, Yahweh y Satán, Ormuz y Ahrimán. Dios creó un mundo perfecto y equilibrado con el Bien como fulgor del Ser y el Mal como una sombra de la Nada.
Simple, lógico, verdadero, ¿no?
Y comenzó el reto.
La apertura fue:
1. e4, e5; 2. Bc4, Nc6; 3. Nf3, d6; 4. d4,
Blanc y Negro avanzaron dos escaques su peón de Rey poniendo en juego Alfiles y Caballos tratando de dominar el centro del tablero. La revolución comenzó con una irrisoria rebeldía de Blanc avanzando su peón de Dama. Negro sonrió satisfecho pues el cambio de peones que se iba a producir obligaría a Blanc a sacar su Dama a pleno campo de batalla con grave riesgo de poder ser atacada.
4. …, exd4; 5. Ng5, Ne5; 6. Qxd4, c5; 7. Qc3, a6;
En los siete primeros movimientos Negro alternó negras/blancas de forma fluida y el juego permaneció en equilibrio siguiendo los dos planes con sus posibles bifurcaciones.
Pero llegó el momento crucial. A partir ese séptimo movimiento, en el turno de las blancas, Negro no ejerció ya ningún tipo de control sobre las piezas rivales y trasladó su cognición a la cabeza del personaje fantástico, invisible/no-invisible, capaz de jugar a su libre albedrío, Blanc. El tablero se puso en tensión, en un equilibrio de fuerzas. El conflicto entre dos espíritus opuestos era inminente. Negro oyó tambores de guerra en el campamento enemigo. Las blancas, apostadas en un plan tenebroso, se enrocaron para garantizar la protección de su monarca.
8. 0-0, Nxc4; 9. Qxc4, Qc7; 10. Re1, h6; 11. Nf3, b5;
Negro y Blanc estaban convencidos de que ambos eran agentes de reñidas fuerzas del Bien y del Mal. Desconocían quien era el bueno o el malo. En sus jugadas, olvidaron quién era quién. Ni protagonista ni deuteragonista: antagonistas a secas. Tan pronto uno de ellos ¿Negro? ¿Blanc? se apoderaba del juego el otro aguardaba pacientemente una ocasión propicia para, de repente, intervenir con una jugada que paraba, desviaba, anulaba o contrarrestaba la anterior y entonces el universo cuadricular del cosmos quedaba nuevamente alterado.
Negro esperó al movimiento catorce para ofrecer la protección oportuna a su Rey enrocándose en corto.
12. Qe2, Be7; 13. Nc3, Nf6; 14. Bf4, 0-0;  
Entonces Negro, con la garantía que le ofrecían sus torres y la seguridad de su monarca tras ellas, se entregó con alma y vida a las negras y premeditó una devastadora combinación de cambios de material. Negro jugaba tranquilo y ejecutaba su estrategia con una sucesión de movimientos tácticos sin ser sorprendido por las respuestas de las piezas blancas.
El juego parecía instintivo, pero la posición, aun siendo muy igualada, daba a Negro la sensación de que la victoria, seguro, sería de “sus” negras. En el movimiento dieciocho Blanc obligó al cambio de Damas.
15. e5, dxe5; 16. Bxe5, Qb7; 17. Bxf6, Bxf6; 18. Qe4, Qxe4; 19. Nxe4, Bxb2; 20. Rab1, Bf6; 21. Nxc5, Bf5; 22. Ne4, Rfd8; 23. Nxf6+, gxf6; 24. Rbc1, Be6; 25. a3, Kf8; 26. h3, Bc4;
Negro volvió a sonreír satisfecho. Empezaba a cuajar poco a poco la ventaja que había planificado.
En eso, Blanc cometió un error. En el movimiento treinta y tres…
27. Red1, Rxd1+; 28. Rxd1, a5; 29. Nd4, a4; 30. c3, h5; 31. Rb1, Rb8; 32. h4, Kg7; 33. Nf5+, Kg6;
… el Caballo blanco dio un jaque inocuo al Rey negro que le provocó una grave debilidad. Pero Negro no lo vio... Negro, en un vértigo, se encegueció y movió su Rey, absorto por atacar rápidamente al Caballo, lo cual hizo a este volar, poderoso, al centro del tablero.
¿Era agente de Dios el que creaba/tomaba esas decisiones? ¿O era agente del Diablo? ¿Quién imponía cambios? En todo caso, Blanc y Negro, indiferentes a lo que no fueran sus piezas, se atacaban con violencia por diagonales, columnas y líneas.
Y fue a partir de ese fatídico movimiento treinta y tres cuando Negro vio surgir de la nada un indeciso ectoplasma, una materia de otro mundo que de súbito cobró la forma de una mano. La mano —no era una garra de águila, era un águila— revoloteó sobre el tablero, bajó y, lentamente, fue transformando las posiciones blancas en trabas imposibles de superar por las negras. Al levantar la vista, Negro observó que el “Otro” le sonreía tenebrosamente.
El arrogante paseo del caballo por el centro del tablero indicó que Blanc había encontrado el camino a la victoria y se ponía en marcha con un arsenal en perfecta sincronía de ataque. Negro, se esforzó en descifrar la estrategia de las blancas ya que con su poderosa torre y caballo mantenían su Alfil negro apenas activo. En vez de obedecer, como al principio, las instrucciones telepáticas que Negro le mandaba, Blanc evolucionó su táctica con carácter asesino. No sin sorprenderse, Negro comprobó que el otro no caía en ninguna celada que le preparaba y que rehusaba a retroceder. Torbellino contra ciclón en una tempestad de relámpagos. Rodeado de peligros ocultos, Negro empezó a fallar en su destreza y Blanc  se hizo cada vez más siniestro, más destructor. Y de pronto, Negro volvió a percatarse de la sonrisa fantasmal y helada de Blanc mientras su situación se convertía en agónica e irreversible.
Y esa mirada y esos ojos terroríficos de Blanc obligaron a Negro a tomar delicadamente a su Rey para tumbarlo sobre el tablero en señal de abandono.
34. Nd6, Bd3; 35. Rd1, Be2; 36. Rd2, Bc4; 37. f3, f5; 38. f4, Rg8; 39. g3, Kg7; 40. Nxf5+, Kf6; 41. Ne3, Re8; 42. Nxc4, bxc4; 43. Kf2, Re6; 44. Rd4, Rc6; 45. Rd5, Kg6; 46. Ra5, f6; 47. Rxa4, Rd6; 48. Rxc4, Kf5; 49. Ke3, abandono.

El vencido se levantó, desesperado y aterrado. Se acercó a la ventana y se asomó.
En la calle, Negro vio a la gente que en ese momento la transitaba, como integrantes de un inmenso tablero parecido al que él había jugado y perdido contra Blanc. Los hombres —inocentes o malvados— avanzaban a lomos de caballos, otros observaban desde  torres el inmenso obelisco ocre de la plaza que no era otro que el Alfil negro, amenazado y débil, causa por la cual Blanc asestó el golpe definitivo a Negro. No veía personas, eran peones que circulaban por la calle con un vasallaje inmoral a un reyezuelo inmundo junto a su dignificada reina.
Desde la ventana, Negro se puso a gritar compulsivo a los hombres que pasaban:
—¡Yo no tengo la culpa! ¡Hice lo que pude! ¡El “Otro” es el malo! No sabe jugar, pero ganó. ¡Yo le enseñé! ¡Huyan, piezas, huyan del tablero antes de que sea demasiado tarde!
Los transeúntes se paraban mirando a la ventana de donde provenían los gritos. No comprendían lo que estaba pasando ni el motivo de esos gritos. Y poco a poco la aglomeración fue en aumento.
Un policía se aproximó debajo de la ventana:
—¿Qué pasa aquí? Usted, señor, está promoviendo un desorden público.
—Yo no. ¡Es Él, es Él! —exclamó el hombre señalando hacia el interior de la habitación.
El policía subió corriendo las escaleras para entrar en el piso, miró y no vio a nadie.
—¿Quién?
—¿No lo ve? ¡Es Blanc! ¡Él es el malo! ¡Yo soy Negro! ¡El bueno!—gritó, al tiempo que se descargaba un certero disparo en la sien.
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 Epílogo: “No critico la herejía de Caín. Yo siempre dejo que el prójimo se destruya del modo que mejor le parezca.” 

-El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde- 

Robert Louis Stevenson 1886. 



Juan Carlos Marina Bilbao. 2020